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SAGUA LA GRANDE

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DE LOS ARCHIVOS Y NOTAS DE CAMPO DEL GRUPO ARQUEOLOGICO "SABANEQUE" DE SAGUA LA GRANDE.
(Con algunos apuntes ecológicos)

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DESCUBRIMIENTO DE LA PRIMERA ZONA ARQUEOLOGICA EN SAGUA LA GRANDE 
 
El Valle del Undoso

El primero de Agosto de 1975 decidimos acampar por unos días cerca de la ribera oeste del río Sagua La Grande en algún lugar entre la ciudad y la desembocadura, trecho que por sus características, brindaba gran probabilidad de asentamientos aborígenes. Hasta el momento no se conocía “la arqueología” en toda la región y nosotros tratábamos de aprender la parte teórica por medio de folletos y boletines editados en la capital para así introducirla en el resto de los exploradores de Sagua; un año atrás (1974) fui invitado por el arqueólogo Alfredo Ranquin a una excavación aborígen junto al castillo de Jagua en Cienfuegos y por varios días tuve la oportunidad de entender la parte práctica de una excavación. Al regreso a Sagua le expliqué a mis colegas todo lo aprendido, pero dejé para el campo la demostración de cómo se cuadraban los cordeles en la tierra para delimitar la excavación y los detalles de proteger sutilmente cada capa que excaváramos. Pero ¿Existirían sitios arqueológicos en Sagua?. Primero, “antes de hacer la autopsia teníamos que tener al muerto” y hasta el momento no se conocía uno en toda la región y habíamos revisado muchas bibliografías para estar seguros si el trabajo ya se había realizado antes; en La Habana tampoco se sabía nada de arqueología aborígen en Sagua La Grande, por lo que podíamos afirmar que la región estaba virgen; nuestra experiencia solo giraba en torno a leyendas de Caciques que la tradición oral ha conservado en las calles sagüeras (como los casos del cacique Caguax y el de la zona de Macún); el palafito de Carahatas que narraron los cronistas, el comentario de Alcover sobre restos de indios en el mogote y una anécdota que habíamos recogido sobre una canoa india que se conservó en Sagua por mucho tiempo como bebedero para el ganado; esa era la arqueología de Sagua hasta 1975, pero científicamente nada se había hecho en Sagua hasta el momento y necesitábamos un reporte serio como lo exige la ciencia arqueológica moderna. Así que seleccionamos una gran meseta en la zona de “El Dorado” después de dar varias vueltas en el jeep del viejo Alfredo Pérez Pérez por todos los recovecos de la cuenca del Undoso. Aquí llegamos a eso de las 8 de la mañana para instalar nuestra casa de campaña Alfredo Pérez (hijo) y yo; el objetivo era rastrear ambos lados de esta ribera oeste durante dos o tres días.

Se trataba de encontrar al menos unos pocos vestigios que nos indicaran la presencia del indio en esta zona, para así posteriormente, organizar una expedición mayor y más duradera, pero el destino quizo que no necesitáramos mucho tiempo para este empeño. No habíamos terminado de instalarnos, cuando me puse  a estirar los vientos (sogas) de la casa de campaña y clavando unas de las cabillas tropecé con un pedazo de sílex que a todas luces ¡ era un instrumento trabajado ¡, se veían claramente sus retoques marginales y esto lo había confeccionado un ser humano muy antiguo. ¡ Mi entusiasmo bastó para que tirara el martillo y sin terminar de levantar la tienda me pusiera a registrar toda el área con una pequeña palita, resultando que en una de estas calas de prueba hallé la pieza definitiva, una hermosa gubia que revelaría la “Primera Zona Arqueológica de Sagua La Grande”. El entusiasmo era enorme; nos encontrábamos sobre un inmenso Sitio Arqueológico y aparecían piezas por todas partes, casi a flor de tierra. No habíamos necesitado ni un solo día de exploración pues aquello era muy evidente para los ojos entrenados.

 

     Mi colega regresó a la ciudad para anunciarlo a la prensa y la radio, y toda la provincia se enteró al día siguiente del “insólito descubrimiento del grupo Sabaneque de Sagua”. Yo me quedé junto a nuestra tienda de campaña saboreando aquella pequeña colección de objetos indios con que el destino nos había premiado. Al anochecer regresaba nuestro amigo desde Sagua con un suculento banquete y cerveza. ¡ Aquello había que celebrarlo por todo lo alto ¡. Nunca olvido las alegres felicidades que me dió Yolanda Carratalá mi madre postiza (como yo le decía), por aquel descubrimiento soñado. Ella nos visitó y compartió el acontecimiento científico que cambiaría la historia de Sagua La Grande.

    

     Por dos días acampamos junto al Undoso, entre guitarra y fogatas solo celebrábamos lo que considerábamos el comienzo de una gran empresa; ahora debíamos conseguir el permiso de excavación y a la vez comenzar a explorar todo el río con vistas al mapa arqueológico de toda la zona.

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PRIMERA EXCAVACION ARQUEOLOGICA EN SAGUA LA GRANDE
(Sitio "Dorado A" , río Sagua La Grande)
 
LA EXCAVACION

 

     Poco tiempo después del descubrimiento del montículo excavamos lo que denominamos sitio arqueológico “Dorado A”, ya que en esa área comenzaban a aparecer nuevos sitios a los que  íbamos denominando por orden alfabético. Aquí fue donde hice mis pininos en la teoría aprendida, aunque mi conocimiento de la fauna regional me sirvió de mucho para clasificar la dieta que iba apareciendo en la excavación, así como identificar las piezas elaboradas con caracoles cubanos. Por otro lado Alfredo hizo su graduación en “líticos” con lo cual quedó obsesionado para toda la vida y estableció su sección en el Grupo Sabaneque. A partir de entonces él dirigió el departamento de arqueología y yo el de espeleología, lo cual no dividía al grupo sino que lo especializaba más; incluso la separación era muy sutil pues mi grupo siempre participaba en la arqueología y su grupo siempre estaba presente en las exploraciones espeleológicas’. Además, yo también había quedado obsesionado con la arqueología e incursioné en nuevos temas como la antropología guiado por quien luego fue mi profesor en la Universidad de La Habana, el Dr. Manuel Ribero de la Calle, con el cual aprendí novedosas técnicas forenses muy útiles en los trabajos de campo. La parte técnica de la excavación la llevaron a cabo Gustavo, Carlito, Urbicio y el fotógrafo Ifrain Sacerio. Otros miembros del grupo Sabaneque visitaron y se turnaron por tres días, pero el equipo fijo fue el antes mencionado.

 

     El sitio demostró la presencia Siboney en nuestros terrenos sagüeros. Con alguna transculturación en sus capas superiores. Aquí encontramos una cachimba española muy interesante que aun conservo en mi colección. Su fechado de radiocabono nos mostró unos dos mil años de antigüedad, lo que nos dice que estos aborígenes sagüeros paseaban por las orillas del Undoso al mismo tiempo que  el Cristo histórico lo hacía por Palestina. Aparecieron instrumentos de conchas en abundancia como gubias, cucharas, vasijas, picos de mano, martillos, y líticos como, núcleos, puntas de proyectiles y raspadores en cantidades relevantes. La dieta de jutías y codakias en cantidades astronómicas mostraron una increíble actividad prehistórica en estos cazadores de nuestra prehistoria.

Pero un basto catálogo de peces,quelonios,reptiles y aves complementan el estudio de la dieta que aquí hicimos. Entre el ajuar aborigen extraímos una esferolitia en perfecto estado de conservación. Los posibles entierros o funerales serían objetivo de nuestras futuras excavaciones. 

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La estatigrafía de esta meseta se ve claramente reflejada en una alta pared de tierra que la separa del río donde muchas capas de basura acumulada por siglos refleja cada una de las etapas por las que el indio pasó en esta zona. Se ha calculado en un sitio virgen que un milímetro de tierra equivale a 11 años de historia, por lo que a vista de pájaro podemos recorrer la hitoria del Dorado en más de 20 siglos por medio estos asombrosos e intactos muros cortados transversalmente a capricho y oferta de nuestra naturaleza.

 

     Al regresar del Dorado, nos hicimos algunos viajes domingueros al Mogotes donde también comprobamos que habían sitios arqueológicos aborígenes (ver capítulo), pero con el objetivo de ampliar nuestro conocimiento sobre la presencia del indio en la cuenca del río Sagua la Grande, organizamos una expedición de 10 días a lo largo de todo su curso desde Sagua hasta su desembocadura en la Isabela.

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PRIMERA EXPEDICION ARQUEOLOGICA

(Operación Undoso 1976)

 

      El 1ro de Agosto de 1976 partimos un grupo de 4 personas en los que denominamos; “OPERACIÓN UNDOSO” que consistiría en explorar durante diez días el tramo comprendido entre la escalinata del Parque “El Pelón” de Sagua y la desembocadura en Isabela. Los integrantes éramos: Rafael Jiménez, Lázaro Daniel, Guillermo Morales y yo (luego nos visitaría por tierra Urbicio, Migue y Alfredo, que participaría con nosotros en la última exploración del día 10 de Agosto). Inicialmente teníamos el objetivo de explorar durante el día e instalar el campamento donde nos sorprendiera la noche, pero más tarde decidimos instalar el campamento central en la herradura de El Júcaro y desde allí organizar expediciones diarias con menos carga hacia ambos lados en grupos de a dos.

 

    Aquella hermosa mañana el clima estaba a favor nuestro, José Antonio nos había dado el informe del tiempo, quedaba poca malanguilla lo cual nos facilitaría el avance, algunos amigos del grupo Sabaneque fueron a ayudarnos a cargar el pequeño bote de motor “Inés” que nos habían prestado en la Isabela y después de probar en bote con unas vueltas a todos los presentes, en la misma escalinata del río se hizo la carga de catres, faroles, cajas de comida, combustible, mochilas personales, entre otra gran cantidad de artículos que nos alarmó porque el pequeño barco quedó sin un solo espacio para caminar. Algunos “sabaneques” quedarían en Sagua pero otra parte del grupo partiría con Alfredo dentro de dos días para explorar otras áreas de la región Sagua, entre los que estaban José Santos y Fidel Roche. Una gran cantidad de amigos sagüeros concurrió a la escalinata para despedirnos y celebrar a la vez aquel gran acontecimiento “La Primera Expedición Arqueológica de Sagua La Grande” y lo hicieron con algunos tragos de ron, entre ellos el Cuco (nuestro primer fotógrafo), Carlito Cruz, el Gobio y Gustavo Pérez Huet; bromeamos que solo faltaba la banda municipal y nos despedimos de la muchedumbre reunida en el improvisado atracadero del  río.

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 Salimos de nuestro Rincón Martiano a eso de las 10 de la mañana  y con lento avance pues la carga era demasiada y no podíamos movernos apenas por temor a que se nos volteara fácilmente por lo que nos demoramos mucho en llegar a Santa Ana donde decidimos detenernos a almorzar y de paso darle un vistazo al terreno durante el resto de la tarde. Allí pudimos localizar el fundamento del antiguo ingenio colonial “Sana Ana” y nos extrañó mucho el constatar que aun existía gran parte de su viejos hierros, argollas, palancas y mecanismos aunque en alto grado de oxidación, decidimos entonces amontonar toda esta herrería para así tirarnos una foto con lo que quedaba del legendario ingenio azucarero. Fuimos los últimos pasajeros del siglo XX en verlo pues tiramos los restos al río para poder limpiar el área de excavaciones y nos dimos a la tarea de excavar lo que nos parecía un montículo arqueológico que luego resultó ser en extremo interesante pues existían evidencias irrefutables de transculturación. Muchos de los instrumentos indígenas que encontramos estaban muy mezclados con bella cerámica europea y parte de la vajilla colonial encontrada fue armada posteriormente en mi casa donde uno de estos rompecabezas nos dió un plato casi completo y una caneka de vino, entre otros objetos del viejo mundo que aun conservamos en nuestra colección privada (donde la joya principal es una cachimba española con la talla de una sirena en su parte frontal como se tallaba en ocasiones en las proas de los barcos). El sitio lo bauticé como “Santa Ana A” y está ubicado casi al borde de la bajada hacia el río en el mismo centro de la antigua demarcación de la finca. Años después nos enteramos que el dueño de la finca, nuestro actual amigo el gallego Martínez, vió la excavación nuestra y pensó que se trataba de una botija de oro que habían sacado y se quejaba constantemente de no haber sido él quien la descubriera.
Aquel día fue de mucha alegría para los exploradores pues, no habíamos apenas comenzado la expedición y ya teníamos el segundo sitio arqueológico del río Sagua la Grande.

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EL CAMPAMENTO DE EL JUCARO

 

    El viaje continuó lento río abajo a través del bello paisaje que exhibe nuestro aun virgen río Sagua. Este tramo de Sagua a Isabela está completamente desabitado y muy adornado por frondosos árboles y ceibas centenarias habitados por  aves acuáticas que le dan vida y colorido. Ya anocheciendo llegamos a ese extraño islote que le llaman “El Júcaro”. En realidad no se trata de un islote, solo que en estre trecho, el río hace una herradura tan cerrada, que nos da la sensación de estar completamente rodeados de agua y para rematar, una pequeña cañada casi une las dos puntas de la doblada herradura.

 

    Comenzamos a descargar el equipaje ya casi sin luz, un misterioso reflejo naranja emanaba del despernado circulo solar formando un mágico dosel de fondo a un grupo de patos que emigraban más hacia el norte. Otras escenas de este encantador panorama quedarían grabadas para siempre en nuestros corazones como si un mensaje místico nos quisiera señalar a esta zona del río sobre las demás. Aun transcribiendo hoy estas notas de nuestro diario ponemos revivir como en cámara lenta aquella primera impresión tan agradable que nos quedó del recibimiento dado por el viejo bosque de Júcaros. Nunca más he recibido una impresión más placentera que aquella, al parecer se unieron los factores del colorido paisaje con las caricias de la brisa y el olor del bosque, para hechizarnos con sus encantos; el resto del grupo sintió la misma sensación de confort que se respiraba en aquel paraje. Más tarde, al conocer el área con más detalles, entendí que este era un tramo muy especial del Undoso y que nos pedía cierta atención, como si ese bosque nos hablara.

 

    La tienda de campaña quedó por fin levantada en el centro de la herradura del Júcaro (ribera Este del río) y aprovechamos el tiempo de cocinar el arroz para darnos un reconfortante baño en la orilla del río.Cuando el bullicio de las aves comenzaba a extinguirse todos cenábamos al borde de nuestros catres bañados por la luz del farolito de keroseno y un poco más tarde salimos a deleitarnos con la brisa del Undoso y a planear las actividades del día siguiente. Dormimos luego profundamente.

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Despertamos muy temprano el 2 de Agosto pues queríamos hacer un reconocimiento a nuestra Isla antes de partir a las exploraciones. Con el alba, un grupito de cocoteros realzaban el encanto tropical de este maravilloso retiro de el Undoso; ¡no podíamos haber escogido mejor lugar para acampar!. ¿ Pensarían lo mismo las comunidades prehistóricas de Sagua?. Cerca de los cocos había una cabañita de troncos y cañabrava que nos pareció abandonada pero luego comprobamos que estaba muy bien cerrada existiendo la posiobilidad que su dueño la visitara de vez en cuando. Después de un breve recorrido por el área comprobamos que efectivamente aquella porción de terreno constituía un perfecto refugio al estar rodeado en un 80 porciento por las aguas de un profundo meandro. La cerrada curva en herradura que sigue el Undoso en este trecho convierte a este espacio en una pseudo-isla.

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LA CANOA INDIA

 

    Amaneció el 3 de Agosto con el mismo buen tiempo para tranquilidad de nuestras exploraciones. Este día acordamos que los 4 saldríamos juntos hacia el área norte que les faltó por explorar a Rafael y Guillermo. Luego de desayunar nos adentramos por el camino que habían seguido el día anterior pero luego una ramificación giraba hacia el norte que era el sector no explorado y este rodeaba una gran laguna formada quizás por un antiguo meandro del río ahora aislado. En sus entornos encontramos algunos restos de instrumentos de concha pero no parecían aflorar de algún sitio o basural, quizás existían allí producto del arrastre. Bordeamos el 70 porciento de la laguna y luego continuamos más hacia el nordeste por un limpio camino que “a algún lugar llevaría”. La zona se sentía muy húmeda y teníamos nuestra ropa pegada al cuerpo. No habíamos caminado más de 100 pasos de la laguna cuando vimos un montículo que nos llamó la atención; por el lado que lo mirábamos era perfectamente redondeado pero al rodearlo nos dimos cuenta que estaba cortado por lo que pudiera ser algún arrastre fluvial durante las crecidas de río y mostraba una especie de estatigrafía o capas del terreno, pero lo curioso era un enorme objeto empotrado en su centro el cual nos aferramos en desenterrar pero se nos hacía pedazos entre las manos por lo que decidimos excavar con cuidado hasta bordear sus contornos y de esta manera lograr extraerlo en pedazos grandes pero en toda su magnitud. Aquello era raro, tenía la forma de un barco con su cavidad interior y su fondo en forma de quilla. ¿ No será una canoa?, ¡Una canoa India!. Pues muy bien que parecía una especie de bote obtenido de un grueso tronco que se ahuecó con fuego. Los restos de carbón se veían por debajo de la cavidad y su posición era “boca-abajo”. Pero con buena vista detectivesca prodría incluso verse las quemaduras de su interior y los zarpazos de algún instrumento de pala o gubia.

 

    Bueno, no sería precisamente india (como hubiéramos deseado) pero si existía una alta posibilidad de que alguien huviera intentado allí el ahuecamiento de un tronco por medio de una hoguera. Muchos siglos han pasado desde que el último aborigen sagüero paseó su canoa por las corrientes del undoso-río,  y  la posibilidad de encontrar restos de una de estas embarcaciones de madera se hace por tanto casi nula. Pero entre nosotros le seguimos diciendo al hallazgo; “La Canoa India del Júcaro”.

 

    La tarde terminó con otras colectas de caracoles e invertebrados para el catálogo, así como el reporte visual de algunas aves. Era solo el tercer día sobre la cuenca fluvial del Sagua y mi colección zoológica ya era amplia, nunca antes se había hecho un catálogo tan extenso sobre el hábitad acuático de la Villa del Undoso y esto nos emocionaba. Puse todas mis cajas sobre dos catres que sacamos fuera de la casa de campaña y aquello parecía un gran Museo de Ciencias Naturales. <Algún día tendremos un museo”- escribí aquel día en mi diario>- (El Museo de ciencias naturales es muy necesario para Sagua La Grande tan rica en especies biológicas que incluso han desaparecido en otras regiones de la Isla). Recostamos todas las tablas de insectos y arácnidos sobre la pared de la casa de campaña y mis tres amigos posaron para una foto que yo les tiré y que hoy en día aun no puedo localizar (pagamos cualquier precio por encontrarla). Guillermo aprovechó aquella tarde para oir la banda de radioaficionados y anotó muchos mensajes para luego mandar sus QSL desde Sagua, pero ese atardecer también tuvimos la fortuna de que  nos visitó por tierra nuestro amigo Urbicio y en el acto se convirtió en nuestro eficiente cocinero oficial demostrándonos que en el monte también se puede cocinar como en el hogar. Nos trajo también un poco de ron y celebramos aquella noche su llegada al campamento del Júcaro. Urbicio es una persona callada y práctica al que hemos admirado desde que se unió al grupo Sabaneque el año anterior; es esa especie de individuo natural nacido para la guerrilla que no expresa mucho pero que resuelve muy rápido los problemas de un campamento aislado. Nos hizo una comida muy rica que nos recordó el hogar pues en 3 días ya se extrañaban a nuestras madres. Después de la cena dedicamos unas horas a conversaciones muy interesantes a los misterios de Sabaneque. Estábamos en el mismo medio del misterio y nos sentíamos dueños y señores de sus dominios. Pensábamos que allá en Sagua nuestros amigos se divertían en el Parque de la Libertad saludando a las bellas sagüeritas que desfilaban antes sus ojos, mientras que  nosotros nos conformábamos con lechuzas, grillos y ranas que nos mostraban las aguas estancadas del Undoso. La noche se esfumó con el cansancio y las sorpresas nos esperaban con el amanecer…

 

 Por la noche oímos aullidos de perros jíbaros.

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SITIOS ARQUEOLOGICOS:  “MATADERO- A y B”

 

    El dia 4 de Agosto de 1976 lo dedicamos a explorar el tramo que nos faltaba desde nuestro campamento hacia Sagua; arrancamos el motor por la mañana y nos llevamos todo un cargamento para no tener que regresar al campamento por todo un día. Al principio temíamos dejar a nuestro campamento abandonado, pero con la llegada del agradable y útil viejito Pampín comprendimos que ahora si tendríamos más libertad de movimiento. Pampín se comprometió a tenernos la cena lista cuando regresáramos por la tarde y con esa ventaja nos fuímos hacia el Sur del campamento en la cadena de exploraciones que nos faltaba por empatar desde Sagua hasta el Júcaro. Llegamos aún temprano a las cercanías del matadero de Sagua y a partir de ahí comenzamos el rastreo de ambas riberas. Lázaro y Guillermo explorando la banda Este del río y Rafe y yo la orilla occidental hasta donde pudiéramos en 10 horas. El compromiso era aprovechar el máximo del día para así poder vencer esta primera etapa del río hasta nuestro campamento, pero había mucho que ver en ese trecho y no nos bastaría con un solo día para completar nuestro plan. Esta etapa del Undoso es maravillosa y necesita de más atención de los futuros exploradores, quizás sea la más dañada desde el punto de vista del contacto de la civilización moderna pero en todos y cada uno de sus puntos rastreados encontramos sitios aborígenes alterados por la mano actual. Cerca del matadero hallamos dos Sitios al que precisamente bautizamos como “Matadero A y B”, donde la abundancia de dieta y conchas trabajadas (acumulada en cientos de capas) denota un basural prehistórico que debe estudiarse con prontitud ya que la actual actividad civilizadora y la acción natural del río pueden diluirlas con el paso del tiempo. Aunque nuestro objetivo principal era arqueológico, no perdí oportunidad de continuar mi catálogo zoológico y a cada minuto un nuevo ejemplar pasaba a engrosar mi colección. Muchos insectos caían en mi jamo entomológico y los iba colocando cuidadosamente en cajitas de fósforos con algodón y nicotina. Luego, al llegar al campamento, me deleitaba clasificándolos taxonomicamente junto al portal de la tienda de campaña y disfrutando de la apacible brisa del estío.

 

    En cuanto a los vertebrados, habían dos que eran foco de mi atención debido a los tantos relatos existentes, el temible cocodrilo y el poético manatí. Nos han contado nuestros mayores varias anécdotas de cocodrilos que se han capturado en el río Sagua, disecados y exhibidos se han conservado por mucho tiempo en casas y escuelas de nuestra ciudad, por lo que no descartamos la posibilidad de que aun queden algunos individuos aislados como sucede en el caso de los sábalos que a pesar de considerárseles extinguidos por completo del río Sagua, hemos podico constatar la existencia de individuos sobrevivientes de pequeña talla. Aunque del cocodrilo no tuvimos reportes, en cuanto al manatí la cuestión es menos enigmática ya que se conoce una gran población que aun ive en la desembocadura y personalmente he saboreado sus gustosa carne ya que fatalmente continua en el mercado negro. Los manatíes se ven en ocasiones río adentro a gran distancia de la desembocadura. Hemos coleccionado algunos de sus esqueletos como parte de donaciones de pescadores y campesinos fluviales.

 

    Aquella noche nos visitó el señor Pampín que era el dueño de la cabañita de juncos en el islote y que curioso por nuestra casa de campaña de acercó con recelo para conocernos. Le expliqué que éramos exploradores y que queríamos saber todo lo posible sobre su dominio; este amigo nos resultó muy amable y benéfico a nuestra empresa porque en el acto se comprometió a cocinarnos durante todos los días que allí estuviéramos, cosa que liberó a nuestro  chef  Urbicio de sus labores culinarias marchando al día siguiente para Sagua.

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SITIOS ARQUEOLOGICOS “DELTA A y B”
 
Amanece el 5 de Agosto, día medio de nuestra expedición, Pampín nos trajo leche caliente, un tesoro que no poseíamos en nuestra despensa, y algunos la tomaron con café, yo la tomé con mucha azúcar pues la caminata del día iba a ser muy larga y necesitaba quemar gran cantidad de energía. Dirigimos nuestro bote hacia la zona de “Delta” y dejamos a Lázaro y Guillermo en la ribera oeste para dirigirnos Rafe y yo a la banda oriental del río donde escondimos y encadenamos bien el bote, en este lado del río había menos tránsito humano.

 

 

    Aquella noche fue muy agradable para todos porque nos sentamos a orillas del río con el señor Pampín y su hijo a converzar de las cosas fascinantes de la naturaleza. Nosotros teníamos ya algunos años acampando en los montes de sabaneque pero nuestro anfitrión llevaba toda una vida fluvial que le había aportado sorpresas tras sorpresas. Nos contaba Pampín que las crecidas del Undoso habían llegado en muchas ocasiones hasta su cabaña a pesar de estar algo elevada en el centro del “islote”.

   Hicimos buena buena pesca, al menos para el catálogo zoológico del Undoso, al sacar del río unos robalitos de buen tamaño (ver: PECES) y unas biajacas. Nos decía además nuestro anfitrión que en esta área del río entran muchos peces del mar y nosotros lo habíamos comprobado personalmente en otros viajes por estas orillas donde entrevistábamos a muchos pescadores fluviales y revisábamos su pesca.

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LA TORMENTA

 

    El 6 de Agosto completamos las exploración del tramo comprendido entre la ciudad de Sagua y San Jorge, ya comenzíbanos a tener una idea bien clara de la enorme actividad indígena que en tiempos prehistóricos animaba a la cuenca del Undoso. Nos imaginábamos un  tránsito de canoas numeroso y un gran movimiento a lo largo de ambas riberas como nunca más lo ha habido, porque hemos de aclarar que, lo que hoy es el tramo más deshabitado del río Sagua La Grande, en épocas pre-coloniales fue todo un hervidero de civilización. Los aborígenes sagüeros contaban con el río más grande y caudaloso del norte cubano rico en moluscos, peces, quelonios, aves y mamíferos, pero que además le brindaba la ventaja de un transporte rápido entre el mar y la tierra adentro, lujo con que no podían contar otras comunidades indígenas.¡ Los que se apoderaron de la ribera del Sagua fueron los más prósperos sin duda alguna! como bien muestra la abundante y variada dieta en nuestras excavaciones arqueológicas. La fauna marina, la fluvial y la terrestre era de más fácil acceso para estas comunidades ribereñas que para el resto de los enclaves indios; y el ejemplo lo vemos después cuando los colonizadores convierten a Sagua La Grande en  la ciudad más opulente del antiguo territorio Sabaneque, desde el río Sagua La Chica hasta los límites con Martanzas ninguna otra comunidad pudo competir con la floreciente economía de esta villa enclavada en las márgenes del Undoso. Los indios lo sabían y por eso ahora nos encontrábamos con sus numerosas ciudades prehistóricas a lo largo de toda la cuenca.

 

    En cualquier recodo nos sorprendían gubias, cucharas, martillos, infinidad de puntas de flechas (lo cual mostraba la intensa actividad de caza por estos bosques), raspadores y vasijas de nuestros siboneyes. Montículos o asentamientos propiamente dichos teníamos unos pocos cada cierto tramo del río pero todos ellos interconectados en todo momento por una visible actividad humana constante.

 

    Aquella tarde regresamos temprano al campamento ya que de pronto cúmulos de nubes oscurecieron el cielo; el olor de la fría brisa presagiaba tormenta. Con la alegría de un anfibio nos acurrucamos dentro de nuestra morada de lona. Esperábamos el diluvio entre algunos traguitos de ron y con la estación americana WQAM que con la versión de “La Quinta de Beethoven” inauguró el temporal.

 

    Una fuerte ventisca comenzó por acariciar los sólidos vientos de nuestra tienda, haciendo que el farolito suspendido en el techo nos alertara. De pronto, una banda del techo se desinfló cayendo sobre nosotros; con rapidez traté de sostener la soga zafada, pero ya era tarde, la casa cedió y otros cordeles saltaron; luchábamos inútilmente contra un serio mal tiempo, entre lluvia y truenos cada uno de nosotros trataba de sostener los vientos de la tienda a gritos que apenas se oían; la situación se nos parecía mucho a los momentos anteriores a un naufragio que habíamos visto en las cintas de piratas; la vela de nuestro barco era la enorme lona de la casa de campaña que no podíamos controlar y que intentaba volar hacia el río como un inmenso globo aerostático lo que nos hizo tomar la decisión de introducirnos en su interior y dejarnos caer como anclas para así protegerla lo mejor posible hasta que todo. Sentados en el suelo cada cual agarraba con fuerza su pedazo y por mucho tiempo aquella postura nos debilitó mucho, en ocasiones llegamos a pensar que sería preferible dejarla volar, pero el orgullo no nos permitía dejar nuestra expedición a medias, no nos podíamos ver las caras y nos comunicábamos a gritos. Rafe sostenía la lona con ambas manos y con sus rodillas protegía al radio que aun cantaba. Por fín la furia de los elementos comenzó a dar señales de pacto. Bajo el gris de la ya debilitada borrasca, comenzamos a levantar de nuevo nuestro hogar como laboriosas termitas. Estábamos chorreando agua y temblando del frío, perdimos algunos víveres y toda nuestra ropa y camas estaban empapadas de agua; por mi parte perdí parte mi cajita de insectos, sobre todo algunas frágiles mariposas que me habían llevado tiempo capturarlas . Desde el río la voz de Guillermo nos comunicó que nuestro barco yacía totalmente desbordado de agua, por lo que sin pérdida de tiempo comenzamos a achicarlo y una vez aligerado lo subimos un poco a la tierra y atamos fuertemente; la oscura noche nos sorprendió en esta labor y con ella el empeoramiento de la turbonada. Lázaro Daniel con una linterna y una capa fue a la cabaña de Pampín y recogió nuestra cena la cual devoramos como felinos hambrientos. Preparamos nuestros húmedos catres como pudimos y nos recostamos a meditar sobre la agotadora jornada; sobre el techo de la lona el sonido de la lluvia nos deleitaba y esto armonizando con nuestro cansancio terminó por rendirnos…

¡ NAUFRAGOS FLUVIALES ¡

 

     Otra hermosa mañana nos sorprendió en los exuberantes bosques del Undoso, era 7 de Agosto, cerrábamos pues una semana desde que habíamos partido desde la escalinata río abajo. Un arco-iris hacia el oriente reinauguraba nuestro paraíso. Nuestro buen hombre, padrino de la exploración, se nos apareció con leche, café  y galletas, le habíamos regalado nuestras latas de leche condesada que le gustaba mucho, y él nos deleitaba con leche fresca de vaca.

 

     Después de desayunar nos dimos a la tarea de achicar el bote que se había llenado de nuevo durante la noche. Al intentar poner el motor en marcha todo fue inútil. Intento tras intento terminó por convencernos de que nada más se podía hacer, ninguno de nosotros era mecánico, pero además, no teníamos herramientas para trabajar. Ahora éramos “naúfragos” en nuestro islote; teníamos que hacer algo, pues aun nos quedaba por explorar el tramo desde San Jorge a Júcaro para luego dedicar los días finales de nuestra expedición a rastrear la interesante área de “El Dorado” y los complicados terrenos de la desembocadura.

 

     Así pues nuestra exploración a través de los tórridos bosque del Undoso se había detenido momentáneamente. No encontrando forma de reparar el motor del barco decidimos enviar un mensajero a Sagua en larga caminata por los intrincados senderos de la ribera oriental, pero la pequeña chalana del señor Pampín vino a salvar la situación al así poder trasladar a Rafael hasta la orilla oeste del río por donde le sería más práctico llegar a Sagua localizando la carretera o el tren de Isabela. Me monté en la chalana con Rafe y así lo llevé hasta la otra orilla, luego de despedirme vimos como se alejaba hacia la carretera de Sagua.

 

     El sol avanzaba en el cenit. Mis colegas se entretenían pescando y oyendo la radio en la banda “radio aficionados” de la onda corta por última vez porque ya el radio había consumido los dos juegos de pilas. Yo aproveché la ocasión para conversar con el amigo Pampín algo sobre este interesante reducto del río Sagua La Grande donde todo parecía conservarse.

EL GATO, EL PERRO JIBARO Y LAS AVES

 

      Sentados en un portal de cañabravas de su cabaña, el viejo me explicaba: (-“el gato y el perro jíbaro abundan por aquí, y los pocos venados que quedan se lo están comiendo los perros que los atacan en jaurías”. Sobre los perros jíbaros ya habíamos tenido varias experiencias en diferentes campamentos de la antigua región Sabaneque y en no pocas ocasiones se habían atrevido a acercarse hasta la misma tienda de campaña. Sobre los venados (Odocoileus virginianus) es conocido el asilo que han encontrado entre los Mogotes de Jumagua, el río, y la costa, pero personalmente sólo habíamos observado un ejemplar juvenil capturado cerca de Armonía y algunas cornamentas en el monte y adornos en las casas. Hace solo unos 15 años (1960) dejó de existir en Sagua el “Club de Cazadores” que a lo largo de todo el siglo se dedicó a la caza del venado y hemos visto muchas fotos con los venados recién capturados>.Se me ocurría de pronto la idea de que “El Júcaro” muy bien podría convertirse en un futuro, en un excelente refugio a “Area Protegida” para la conservación de estos maravillosos cérvidos. Valía la pena soñarlo).(Ver mamíferos)

 

     “Es interesante además subrayar la enorme cantidad de patos y otras aves migratorias que pueblan estos bosques, dándoles un colorido único solo comparable con las ciénagas del Mogote, sin dejar de mencionar especies nacionales, endémicas, subespecies, raros visitantes, los cuales parecen (por suerte) no haber sido descubiertos por el cazador como el “halconcito cubano” (no confundir con el “Cernícalo), rara especie que aún anida en este rincón de Cuba. En el habitad acuático lo destaca la situación estratégica de ser “un punto de tránsito entre especies de agua dulce y de desembocadura” hecho constatado por todo el que aquí pesque. Por eso he propuesto a esta zona como candidata a : “Refugio de Vida Silvestre del Río Undoso”, sin dejar de tener en cuenta, por supuesto, la enorme importancia arqueológica que tiene para Sagua este trecho del río.”

 

     Durante aquella noche, sentado en la mesita plegable y bajo la luz de un farol, mi fantasía me llevó a confeccionar un croquis de: “cómo luciría mi “refugio del Júcaro”.

EL JUCARO Y LA PROTECCION DEL RIO UNDOSO

 

          En este interesante punto denominado “El Júcaro” (a mitad de camino fluvial entre Sagua e Isabela) se fusionan dos hábitats básicos: el marino y el fluvial, apareciendo una mezcla de flora y fauna que en su conjunto forman un sistema ecológico especial.

 

     Aquí, aunque el agua aún es potable, podemos observar animales completamente marinos mezclados con las especies propias del río. Esta observación, unida a la belleza natural de su paisaje, y a la presencia de una abundante vida salvaje terrestre, bastarían para justificar una “Protección del Area” convirtiéndola por tanto en un “Refugio de Vida Silvestre”. Pero hay más. Lo que llamamos “El Júcaro” antaño constituyó un gran asentamiento indio digno de atención ya que esta comunidad nos presenta un patrón muy diferente en su industria de la piedra al tan común en el indio cubano. La zona es además, junto a los Mogotes, un importante punto de contacto de aves migratorias de las más variadas especies ya que la vegetación cambia enormemente en un área relativamente pequeña.

 

     Por tanto:

 

1-     Debido a la deslumbrante belleza de esta zona, unido a otros factores como:

2-     Vida salvaje abundante.

3-     Sitio arqueológico de interés.

4-     Distintos habitats en un área relativamente pequeña.

5-     Zona de tránsito entre especies de agua dulce y de desembocadura.

6-     Reporte de aves migratorias.

7-     Posibilidades de cultivos varios

8-     Necesidad de protección y rescate de nuestra fauna fluvial.

 

Propongo a esta zona para: “REFUGIO DE VIDA SILVESTRE DEL RIO UNDOSO”.

 

Si existen tareas prioritarias para nuestra civilización, una de las principales es la protección del medio ambiente y la conservación de nuestra historia.

8 DE AGOSTO DE 1976

 

      Al octavo dia de nuestra expeción llegó por río el mecánico que nos repararía el barco y también se incorporaba a nuestra expedición Miguelito en sustitución de su hermano Rafael que tenía compromisos que no le permitirían regresar en contra de su voluntad. En pocos minutos nuestro motor fue reparado e inmediatamente salimos los 4 juntos  para explorar los pequeños tramos que nos faltaban hasta el Júcaro. Con esta inspección completaríamos el espacio Sur comprendido entre nuestro campamento y la ciudad de Sagua. Nos quedaban pues, dos días más para cubrir el tramo Norte entre nuestro campamento y la desembocadura en Isabela. Entre las colectas zoológicas tuvimos a la rana platanera Hyla septentrionales, la ranita Colín Grillo, la lagartija Anolis allogus, pude observar a muy poca distancia al Halconcito Cubano, al Bobito Grande (Myiarchus stolidus sagrae), entre otras especies.

EL DORADO

  

     Bien temprano el día 9 de Agosto, aun con poca luz solar, marchamos lentamente hacia “El Dorado” el río despedía una bruma que fue luego despejándose con los primeros rayos solares. El Undoso se mostraba muy interesante en estas coordenadas. Desde el centro del río íbamos saboreando las distintas imágenes que desfilaban remisamente ante nuestros ojos. Al observar los grandes arbustos, nos venía a la mente el palacio de “El Escorial” en España, construído según se ha dicho, con madera de estos antiguos bosques. Un vistoso grupo de cañabravas amarillentas se inclinaban hacia las aguas resaltadas por el intenso verde del dosel forestal; patos, gallinuelas, corúas, acentuaban el colorido.

 

Otro día de exploraciones viajando río abajo hacia el norte de “El Dorado” donde apareció el primer Sitio aborigen.

 

     En la zona del Dorado detuvimos nuestro barco todo el día con el fín de localizar nuevos montículos. Aproveché la oportunidad para enseñarles a mis amigos el lugar donde un año antes habíamos descubierto el primer sitio arqueológico de Sagua, así como el punto de la primera excavación y la posición donde habíamos colocado la casa de campaña. “Es interesante notar como el río ha ido erosionando las altas orillas de tal forma que puede observarse con gran claridad una excelente estatigrafía del terreno, es decir, diferentes capas o niveles , perteneciendo cada una de ellas a diferentes épocas de la historia aborigen, ¡ Un verdadero libro escrito sobre la corteza de la tierra!. Que debe excavarse rapidamente antes que las corrientes fluviales sigan lamiendo este borde o meseta. Además, algunos planes agrícolas amenazan con remover esta aldea prehistórica intacta hasta el día de hoy”- escribí en el diario.

 

     Durante la exploración por esta ribera localizamos 3 sitios más que bautizamos por orden abecedario y a eso de las 11 de la mañana cruzamos el río para localizar otro sitio más lo cual sumarían 5, contando al original “Dorado A”. Con el descubrimiento del “Dorado E” marchamos un poco hacia el norte, y a lo largo del trayecto podíamos confirmar que el volumen de dieta aquí acumulado era enorme, lo cual reafirma que en el área existió sin dudas una gran población indígena. Desde el centro del río puede verse, sobre todo, gran cantidad de Codakia y miles de mandíbulas de jutía, junto a infinidad de piezas de silex y otros instrumentos de nuestros Siboneyes lo cual muestra que nuestros indios sagüeros estaban muy bien alimentados proteicamente con ese apetitoso roedor que al parecer dominaba estos montes varios siglos atrás. Acercando el bote a estas altas paredes de hueso y barro podíamos desprender a nuestro gusto la pieza que quisiéramos y a veces nos atacaba la tentación de arrancarlo todo, pero debíamos conservar estas mesetas intactas para futuras excavaciones. No podíamos entender como nadie se había percatado antes de la existencia de este tesoro arqueológico. Todo estaba a la vista y mirando las compactas franjas de dieta, podíamos incluso saber en cuales épocas la comunidad india tuvo mejor caza y en cuales mejor pesca. Les había dicho a mis amigos señalando a un bloque de Codakias: -“Miren esto, tremenda hambre pasaron este año”- a lo que contestó Lázaro señalando a miles de jutías por debajo:-“claro, si se metieron dos comiendo jutías”.

 

     Un poco más al norte caminamos un gran tramo y vimos de nuevo a las hermosas aves de pico curvo conocidas por “Cocos” por el sendero que lleva al Estero de Ibarra, famoso lugar de leyenda (ver: El Crucifijo de Ibarra) hacia donde tuvimos la tentación de llegar pero el viaje era largo y no queríamos alejarnos de nuestra misión que era la cuenca del río, por lo que regresamos por un terreno más complicado tratando de no rastrear la misma área dos veces. Nos tropezamos con cangrejos, arenas y pantanos, pero esta zona se mostró estéril a nuestra vista, pero nos deleitaron estos parajes tan inópitos y nos sorprendía que en pleno siglo XX  la civilización no frecuentara estas áreas; aquí capturé a un bello lepidóptero de la especie Papilio thoas. Al llegar al río tomamos el barco para cruzar hacia la orilla Oeste y aún tuvimos tiempo de colectar otros instrumentos de concha y silex cercano a la zona donde el río se divide en dos, es decir río nuevo y río viejo. Eran las 5: 15 de la tarde cuando regresamos al campamento río arriba, tuvimos la oportunidad de ver una aleta de tiburón dentro del propio río y nos pareció identificarlo con un temible cabeza de batea, habíamos oído decir que a veces llegaban hasta la misma ciudad de Sagua en las cercanías del matadero pero ahora sí podíamos afirmar, al menos, que “entraban al Undoso” ..

 

     El barco caminaba lento forzado por la corriente, pero teníamos buena provición de combustible pues el mécanico nos había traído a pedido nuestro un una reserva para varios días más.

EL FINAL DEL BOTE

  

     Lo que pasó fue que de pronto se hizo de noche, el cielo encapotado hizo que el sol desapareciera por completo y de nuevo el viento frío nos indicó que otro aguacero nos sorprendería. Yo iba conduciendo el bote y decidí acelerar al máximo; aquel motor vibraba del esfuerzo que hacía conta-corriente, no era aconsejable esforzarlo tanto según nos habían aconsejado en Sagua. Las olas nos daban fuertemente en la proa y nos levantaban peligrosamente, pero no podíamos darnos el lujo de quedarnos botados tan lejos del campamento. A mitad de la meta comenzó a llover y con la experiencia anterior empezamos a temer que el motor se nos volviera a ahogar, por lo que acordamos todos taparlo con nuestros propios cuerpos, al principio Migue se quitó la camisa y trató de cubrirlo pero muy rápido la tela chorreaba y Migue temblaba de frío, el agua estaba congelada. Todos haciendo de techo logramos que el motor se conservara por largo trecho; el diluvio era espantoso y ahora también temíamos que se nos inundara la embarcación. Dos sacaban agua y dos protegían al motor, pero el aguacero era muy cerrado, no se podía ver a dos metros por delante, yo conducía a tacto y el factor de choque también era otra preocupación. Le dí el timón a Migue y me puse a achicar el barco junto a Guillermo; él conducía de pie para así poder cubrir al motor de la lluvia con su cuerpo junto a Lázaro Daniel, pero sus temblores fueron aumentando hasta un nivel tal que tuvo que sentarse y nos asustamos de que Migue estuviera en problemas; le dije a Lázaro que lo abrazara porque se nos iba a morir, nunca antes había visto a una persona temblando de aquella manera. Por fín doblamos la curva que nos aproximaba al campamento y respiramos un poco más tranquilos, “el Inés” se había portado bien, aunque a poco menos de un kilómetro se rindió definitivamente y con el impulso dimos un giro brusco para empotrarnos contra la orilla. Nos vimos detenidos en medio de una gran tormenta pero al campamento había que llegar y con descomunal esfuerzo logramos arrastrar al bote por toda la orilla hasta que por fín pudimos arribar al islote del Júcaro. De imediato le dije a Lázaro que acompañara Migue hasta las casa de campaña y que se secara pronto. Guillermo y yo lo amarramos y corrimos con la carga hacia el calor de nuestro hogar. Este fue nuestro último recorrido con “el Inés” que allí quedó semihundido en las aguas del Undoso.

 

     Por la noche, dentro de la casa de campaña,  nos dedicamos a clasificar el material que teníamos y yo lo anoté todo cuidadosamente en la libreta de campo. A pesar del nuevo incidente con el barco, estábamos felices porque un 90 porciento de nuestro planeado objetivo ya se había cumplido. Sabíamos que esta no sería la expedición definitiva, el Undoso necesitaba un mayor sondeo arqueológico, pero para ser la primera vez en la historia que esto se hacía, habían sucedido muchas sorpresas en solo 9 días; la historia de Sagua había dado un nuevo giro y de esto estábamos muy orgullosos todos. Destapamos la penúltima botella de ron y lo celebramos como pudimos.

 

     El dia 10 no se pudo emplear en la última exploración planeada, pero dedicamos el día entero a rescatar a nuestro bote y a empacar todo nuestro cargamento para aligerar nuestra partida. Alfredo, nos visitó en esa mañana del 10 como habíamos planeado desde Sagua y al explicarle el contratiempo, regresó en el acto a Isabela para buscar ayuda.

 

     Al día siguente (día 11 de Agosto de 1976) sentimos en la mañana el pito de un barco que nos venía a rescatar. Un gran mástil se veía entre las copas de los árboles tratando de arrimarse a nuestro improvisado puerto, y poco después nos dirigíamos en el gran barco hacía Isabela de Sagua. Hicimos algunas paradas en el tramo final y comprobamos que las aldeas indias existíeron hasta la misma desembocadura. En la misma desembocadura encontramos algunos basurales diseminados en ambas riberas. Los cementerios de conchas elaboradas son abundantísimos, así como de Strombus sin elaborar. El tramo hacia la desembocadura está muy lleno de vida y vimos grandes cardúmenes de lisas, por las orillas pude ver por primera vez a un grupo de Sevillas (Ajaia ajaja) que con la ayuda de los prismáticos identifiqué por su inconfundible pico en forma de espátula.

 

     Parece muy lógico que existiera en la prehistoria tan enorme población teniendo en cuenta que nos encontrábamos ante el río más grande de toda la costa norte de la Isla de Cuba.

 
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